Tabla de contenido en este especial

 

 

Cada vez que un bebé nace en la comunidad La Laguna, a cuatro kilómetros de la cabecera municipal de San Ramón, en el departamento de Matagalpa, la madre lo presenta a la luna llena. Es un ritual ancestral que debe ocurrir antes de que el recién nacido cumpla dos meses y, a través de él, la progenitora invoca la “energía protectora” de la naturaleza. La tradición se ha transmitido por generaciones, en ceremonias de carácter íntimo, en el Pueblo Indígena de Matagalpa, una cultura de las más antiguas de Nicaragua.

Quien cuenta la historia es Maritza del Carmen Centeno González, de 50 años, madre de dos hijos, integrante del Movimiento Indígena de Nicaragua y firme creyente de que los conocimientos tradicionales son sinónimo de sabiduría

Maritza Centeno "Premio "Lush Spring 2023"

Parece una declaración de principios, pero la hoja de vida de Centeno González está llena de estas ideas. Fundó en 2012 la Cooperativa Agropecuaria de Servicios Tonanzintlalli R.L.  e impulsó un proyecto de siembra de café en parcelas de mujeres, que fue reconocido con el premio Lush Spring durante 2023 en Berlín, Alemania. En esa iniciativa, se combina el conocimiento técnico de la producción y su carrera de mercadeo y publicidad, además de las creencias de sus ancestros.

Según el libro Etnología y Antropología, escrito por los franceses Philippe Laburthe-Tolra y Jean-Pierre Warnier, la identidad es “un principio de cohesión interiorizada por una persona o grupo, la cual permite diferenciarse de los demás, reconocerse y ser reconocidos”.  

Parece un tema lejano—hablar de identidad en un mundo convulso— si se intenta poner a un lado para centrarse en las ideas de la líder indígena a otras preocupaciones como la sobrevivencia económica, el hambre, la guerra, el terrorismo o las crisis políticas, pero Centeno González explica la conexión existente entre la cosmovisión indígena con la tierra, el conocimiento ancestral de las siembras, la música, la danza, la gastronomía y la medicina natural. Todos son temas esenciales de la vida.

Víctor Manuel Centeno Rodríguez, habitante de la cañada de Siare, zona de amortiguamiento de la Reserva Natural Cerro Apante, hace temazcales que son baños de vapor de hierbas medicinales y aromáticas cuando percibe “cambios de energía”. Esos baños son también rituales indígenas que suelen realizarse, dice, con la llegada del invierno y verano (solsticio) o primavera y otoño (equinoccio).

Víctor Manuel "Canek" de origen miskitu, es un "Sukia" que ha logrado conectar la sabiduría Miskita y Matagalpa

Pero Víctor Manuel no solo es Víctor Manuel. Para todos sus conocidos es “Canek”, un nombre que proviene del maya yucateco: Kaan éek. Significa serpiente negra y, aunque su apodo es temible, suele ser fuente de consulta para los comunitarios, un sukia. Él dice sentirse orgulloso de su ascendencia miskitu, el conocimiento heredado por sus abuelos sobre la medicina natural, y de los aprendizajes que ha tenido de quienes llama sus “hermanos matagalpa”.

La referencia “oficial” sobre la población indígena tiene casi veinte años y muchas preguntas han surgido desde entonces sobre cuántos nacionales son indígenas, las zonas donde se encuentran distribuidos en Nicaragua y la discriminación de la que han sido objeto. Siempre presente está su pasado histórico y las diferencias de las relaciones que tejieron las comunidades indígenas con los conquistadores españoles en el Pacífico y Centro-norte, y los piratas ingleses en el Caribe.

El censo de Población y Vivienda de 2005 afirmó que había entonces menos de medio millón de personas que se percibían como indígenas de una población total de nacionales que era entonces de 5.4 millones de habitantes. De ese grupo, 33, 604 personas se autoidentificaban como indígenas en Matagalpa y menos de 150 hablaban en su lengua. Más al norte, en el vecino departamento de Jinotega, la cifra era ligeramente mayor: 36,958 autoidentificados como indígenas y, de estos, un poco más de 7,300 eran miskitu, 6,600 se reconocían como “chorotega-nahua-mangue” y un poco más de 2,200 como mayangna.

La diferencia es que en el departamento de Jinotega también está la llamada Zona Especial Alto Wangki Bocay, donde están los territorios Miskitu Indian Tasbaika Kum —que comprende 14 comunidades en Wiwilí— y Mayangna Sauni Bu, con 9 comunidades en San José de Bocay.

Matagalpa es un departamento de 6,804 kilómetros cuadrados, dividido en 13 municipios. La influencia indígena es tal que en 11 de estos lugares tienen presencia tres de los 22 pueblos indígenas del Pacífico y Centro-Norte de Nicaragua: Matagalpa, el mencionado Sébaco y Muy Muy. Cada uno tiene su propio territorio con títulos que datan de 1723, 1724 y 1726, respectivamente, es decir, al menos 98 años antes de la Independencia. El dato lo proporciona el Estado nicaragüense en un informe de la Procuraduría General de la República (PGR), publicado durante enero de 2018.

A pesar de esa aparente desidia gubernamental, la cosmovisión indígena y su organización son temas muy actuales entre los nicaragüenses. “La gente de aquí sí se reconoce indígena. Hasta los que no son, dicen que son indígenas para tener beneficios, como no pagar el canon de arriendo”, comenta Víctor Chavarría Dávila, expresidente de la junta directiva del Pueblo Indígena de Sébaco, quien ahonda en la tenencia de la tierra como un tópico fundamental para su organización.

Matagalpa es un departamento de 6,804 kilómetros cuadrados, dividido en 13 municipios. La influencia indígena es tal que en 11 de estos lugares tienen presencia tres de los 22 pueblos indígenas del Pacífico y Centro-Norte de Nicaragua: Matagalpa, el mencionado Sébaco y Muy Muy. Cada uno tiene su propio territorio con títulos que datan de 1723, 1724 y 1726, respectivamente, es decir, al menos 98 años antes de la Independencia. El dato lo proporciona el Estado nicaragüense en un informe de la Procuraduría General de la República (PGR), publicado durante enero de 2018.

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo.
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Mosaico CSI revisó documentos oficiales, así como 34 textos —entre libros, monografías y ensayos— y conversó con indígenas y algunos de sus líderes en distintas comunidades, historiadores, arqueólogos y antropólogos matagalpinos para conocer la historia de los matagalpa y el profundo significado de su cosmovisión. El resultado es una fotografía en que se asoma su legado, aparejado lamentablemente a una historia de discriminación. Sin embargo, su influencia en la historia es innegable, a criterio de los especialistas entrevistados.

Sayda Liseth Hernández Herrera, una economista de 41 años originaria de Siare, reconoce que se definía antes como mestiza y ahora adulta reivindica sus raíces indígenas. Ella observa que “la colonización, más la modernización, han hecho que las personas tengan vergüenza de sus raíces y las han ido olvidando”.

Otros culpan al impacto que pueda tener la desorganización indígena. Miguel Ángel Gómez, presidente del Pueblo Indígena de Jinotega y vicecoordinador del Consejo Nacional de Pueblos Indígenas, apunta a otra razón: la mala administración de los bienes también ha sido causa de que los indígenas dejen de autoidentificarse y hasta se alejen de las estructuras formales y tradicionales. Para él, este es un tema esencial.

Los pueblos indígenas de Sébaco, Muy Muy, Matagalpa, Jinotega, y otros del Centro, Norte y Pacífico de Nicaragua han tenido serios conflictos y han tenido épocas hasta con dos o más juntas directivas simultáneas, aunque mayoritariamente ahora son controladas por el gobernante Frente Sandinista.

“Eso es parte de una pérdida de identidad, porque a veces no somos capaces de manejar nuestros recursos y ese es un problema bastante serio”, admite Gómez en entrevista con Mosaico CSI. Se define como “chorotega” y asegura que las tierras indígenas de su comunidad fueron adquiridas con “tostones de oro”, mientras el título que ellos tienen es matriarcal, porque fueron mujeres quienes viajaron desde Nicaragua hasta Guatemala, sede de la Capitanía, para ver lo de la propiedad de las tierras.

 

 

La exguerrillera matagalpina Dora María Téllez Arguello, escribió el libro Muera La Gobierna en el que precisa que, entre tierras compradas a la corona española y los ejidos, los pueblos indígenas de Jinotega, Matagalpa, Sébaco y Muy Muy, son dueños de por lo menos 225,051 manzanas de tierras.

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Las burlas al pueblo indígena: desde mirá los caites a “patas lodosas”

Don Tomasito de Jesús Tórrez Cárdenas es el coordinador de un banco de semillas criollas, vive en la comunidad de Piedra Colorada, siete kilómetros al sur de la cabecera municipal de San Ramón, en dirección al municipio de San Dionisio. Él recuerda que las casas eran hechas antes de paja, mientras otras eran de barro y taquezal. En esos tiempos, su papá calzaba caites cuando viajaba a la ciudad, pero “ahora uno se pone caite y le hacen bullying”, menciona.

A lo largo del tiempo, los indígenas han sufrido discriminación como la aludida por Tórrez Cárdenas. El término indio era y es usado como un insulto por algunas personas. Maritza Centeno González, la mujer que conserva la tradición de presentar a los bebés a la luna llena, dice que ella caminaba diariamente cuatro kilómetros para llegar a la escuela. Los demás niños se burlaban al verla: “Ahí viene la india chinela de gancho, la pata lodosa”, le decían. Décadas después, su hijo de 12 años que usa el cabello largo como su papá indígena, sufre de burlas en la escuela, donde le dicen que parece niña. A veces llora pidiendo que le corten el pelo. “Entonces el papá le habla de nuestra cultura, de nuestros ancestros”.

“Ahora uno se pone caite y le hacen bullying” afirma don Tomasito de Jesús Tórrez Cárdenas habitante de la comunidad Piedra Colorada. Una discriminación latente que ejemplifica el por qué las nuevas generaciones enfrentan el dilema de asumirse o no como indígena.
Maritza Centeno educó a su hijo siguiendo las tradiciones culturales matagalpa|Archivo personal Maritza Centeno.

La marginación y las amenazas a la identidad cultural de los indígenas ocurren de manera similar en América Latina.

Carlos Alberto Quispe Dávila, abogado peruano con maestría en antropología y especialista en amazonía, consultado para este reportaje, remarca que en la historia, los pueblos indígenas han sido víctimas del desplazamiento forzado, como sucede con los amazónicos peruanos, sin embargo, en ese país han surgido figuras comunitarias emblemáticas que ayudan a mantener la cohesión, y “hay dos elementos claves: el componente de la autodeterminación y la fuerza del mantenimiento de la institución social, económica, cultural”.

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“Eso se logra viviendo en comunidad. Esto no es necesariamente vivir en el territorio que siempre se ha habitado, por ejemplo, en Perú, hay comunidades amazónicas que llegaron a Lima, que no es amazonía ni sierra, pero se siguen autodeterminando como indígenas. Un caso es el de Cantagallo, que es una comunidad shipiba”, explica Quispe Dávila.

El impacto es colosal. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) señala que cada dos semanas muere una lengua en el mundo y con ella el pensamiento, la cultura y una forma de entender el mundo. ¿Cómo están los indios Matagalpa en ese sentido?

La inseguridad para las comunidades indígenas en Nicaragua también es otro desafío. Según un reportaje del periódico digital Confidencial, publicado el 25 de abril de 2023, un estimado de 70 indígenas miskitos y mayangnas habían sido asesinados por colonos invasores en los últimos diez años, mientras otro centenar fueron objeto de secuestros, violaciones sexuales, desplazamientos forzados, traumas psicológicos, entre otros casos.

Junto a esta sangría y la pobreza que impactan en Nicaragua, la pérdida de los idiomas autóctonos es otra preocupación que debe sumarse como una realidad regional. El informe Latinoamérica Indígena del Siglo XXI, del Banco Mundial, revela que uno de cada cinco pueblos indígenas ya ha perdido su idioma nativo en el caso de América Latina y el Caribe y se prevé que al menos la mitad de las lenguas que existen hoy se extinguirán durante este siglo.

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Deinor Mejía, un líder garífuna hondureño, considera que una de las más fuertes amenazas es la pérdida del territorio. “Es el problema más grave que tenemos, es que nuestras tierras en la costa norte de Honduras son apetecidas por empresas turísticas… sin importarles que nosotros como pueblo garífuna hemos estado ahí durante mucho tiempo, durante muchos años, y que ahí es donde tenemos nuestra vida, cultura y todo lo que nos representa”.

Matagalpa: una lengua que languidece

Jaime Íncer Barquero, en el libro Toponimias de Nicaragua, publicado en Costa Rica en 1985, escribe que la lengua matagalpa “persistió hasta las primeras décadas del presente siglo (XIX) entre los grupos ladinos de Matagalpa y San Ramón. Actualmente está totalmente extinta”.

 

Eddy Kühl Aráuz, autor de una veintena de libros, incluyendo “Raíces del Centro-Norte de Nicaragua”, que contiene registros arqueológicos, históricos, etnólogos y lingüísticos de la cultura de los indígenas en esa región del país, se propuso durante años la misión de encontrar a “Matagalpa-parlantes”.  Sin embargo, solo encontró a uno.

En abril de 2010, acompañado por el lingüista Carlos Alemán Ocampo, halló a Santos Hernández, habitante de la cañada de Wibuse, al noreste del municipio de San Dionisio. Obtuvo ciertas palabras y datos de su niñez.

Bigote espeso, de sombrero y camisa mangas largas, en uno de los senderos de su hotel de montañas Selva Negra, en Matagalpa, Kühl Aráuz explica que la lengua indígena matagalpa, posiblemente extinta en la década de 1960, era muy particular. El historiador recuerda frases como:

— Bat sigua bayamani — Bairina — Anda kulkane

Se trata de un saludo rutinario en lengua matagalpa tomado de una recopilación de 95 palabras y 4 frases matagalpas hecha en 1855 por el sacerdote Víctor Jesús Noguera y retomada después por los lingüistas Carl Hermann Berendt, en 1873, y Daniel Garrison Brinton en 1895.

— ¿Cómo está usted? — Bien, para servirle — Tome asiento

“No quieren ser etiquetados” considerando que en la historia “el indígena ha sido menospreciado”.

A pesar de que la lengua matagalpa es considerada extinta, Navarro Genie sostiene que permanece mezclada con el español, principalmente en las toponimias. Palabras usadas con frecuencia son chuisle (agua que desliza), boluca (gallina), dapan (árbol de algodón), entre otras.

En países como Guatemala, donde existen 23 pueblos indígenas —21 mayas, uno xinca y uno garífuna— la lengua ha sido clave en la preservación de la identidad étnica. Así lo explica el antropólogo maya q’eqchi’ Arturo Haroldo Chub Ical.

Los comerciantes que llegan de otros pueblos, incluyendo los mayas y extranjeros que se han ido a instalar a nuestro territorio, se han visto en la necesidad de aprender nuestro idioma para poder sobrevivir.

Canek, en Siare, se reúne ocasionalmente con miembros del pueblo indígena de Matagalpa. “Como no soy nativo, no me he integrado mucho (…) pero, ellos tienen mucho respeto y mucho cariño hacia el trabajo que yo hago”, explica. De su origen miskitu, sostiene que mayangnas y matagalpas “somos los mismos”, porque considera que los tres pueblos tienen la misma rama lingüística misumalpa, del tronco Macro Chibcha, una familia de lenguas que se extienden desde Honduras hasta Suramérica.

El legado: Desde los españoles hasta “Muera la Gobierna”

Jaime Íncer, en Toponimias Indígenas de Nicaragua, sustenta la afirmación de Canek.  El término Matagalpa, referido a un grupo de idiomas, fue usado por primera vez por Daniel Garrinson Brinton, en 1895.

“Los cronistas españoles en el siglo XVI llamaron a los habitantes de la región central montañosa como ‘chontales’, nombre un tanto genérico, aplicado a todas las tribus allende los lagos, a las que consideraban como gente ruda y diferente a los grupos de origen mexicano que vivían al suroeste de Nicaragua”, escribió Íncer.

Kühl Aráuz destaca que esos indígenas han sido llamados indistintamente chontales (Oviedo, 1528); ulúas, por García Palacios, en 1576 y Alonso Ponce con Cibdad Real, en 1586. Lencas o jicaques (siglos XVI y XVII), popolucas (siglos XVIII y XIX) y “finalmente matagalpas por Brinton, a partir de 1895”.

La caficultora indígena Maritza Centeno González cuestiona que, pese a los evidentes esfuerzos investigativos realizados sobre los matagalpa, otra cosa ha sido el trabajo que se hace para transmitir esa información a sus hijos en las comunidades y en las escuelas.

Téllez Arguello, en Muera La Gobierna, ahonda sobre esta faceta importante de este grupo de indígenas. En su carácter de historiadora, con rigor, ella explicó el despojo territorial de los indígenas en Matagalpa y Jinotega en el período comprendido entre 1820 y 1890, incluyendo la participación de los matagalpa en la guerra civil por la rivalidad entre León y Granada y el posterior conflicto nacional para expulsar a los filibusteros.

De acuerdo con la historiadora, los indígenas se encontraban en sus ranchos ubicados de manera dispersa, formando caseríos y en los pueblos principales que originalmente habían sido “pueblos indios”. Añade que “la guerra civil y antifilibustera de la década del cincuenta (1850) retrasó aún más el control completo del territorio y la reducción de los grupos indígenas dispersos”.

“Otra parte de la región, la zona nororiental no fue nunca colonizada por los españoles, se hallaba poblada por grupos indígenas matagalpas, sumos y ulwas dispersos, sin sujeción a autoridad colonizadora alguna. Este sector era zona de conflicto, encuentro, comercio y confluencia entre los habitantes de la Costa Caribe que estaba bajo influencia británica”, precisó Téllez Arguello en su publicación. La resistencia indígena como eje en su publicación.

Matagalpas: la resistencia ante la modernidad

¿Qué otros factores valen la pena mencionar sobre la tradición de los Matagalpa? Tomasito de Jesús Tórrez Cárdenas, lamenta en su comunidad, Piedra Colorada, que muy poca gente conserva utensilios indígenas como las piedras de moler, los guacales, las tinajas. Incluso, habla de bebidas como el pozol para enfatizar que sus antepasados se alimentaban sano. “No como ahora que lo que consumimos es producido con el montón de químicos. Por eso hay que valorar que la gente de antes poco se enfermaba”, concluye.

En el banco de semillas, Tórrez Cárdenas trabaja en la preservación de “semillas como el maicito para pinol, o las variedades de frijoles conocidas como guaniseños y los frijoles rojitos claros”.

Bernarda Azucena Ponce piensa en otras tradiciones cuando habla de la herencia indígena. Es parte de un grupo de mujeres que trabaja en telares, en la comunidad El Chile, a 24 kilómetros de Matagalpa con dirección a San Dionisio, y uno de los sitios emblemáticos de esta cultura indígena.

El arte de tejer en telar de cintura, usando malacate —de “malacatl”, que quiere decir caña que da vueltas, según Jaime Íncer— incluía la siembra del algodón y el proceso para convertirlo en hilos que teñían con cáscaras de árboles como el nancite o el madroño, y luego hacer piezas de ropa principalmente para el uso propio. El padre de la dinastía de los Somoza, Anastasio Somoza García, prohibió en la década de 1950 a los indígenas que cultivaran algodón.

"El telar" es la herencia de indígena y la tradición que preserva Bernanrda Ponce.

Esa tradición estuvo por perderse, hasta que un grupo de mujeres se organizó para aprender el oficio. Sin embargo, la elaboración de los tejidos tomaba mucho tiempo. De manera que, con influencia de la argentina Marta Ruiz, introdujeron telares de madera en la década de 1980.

Las mujeres han sido claves en la preservación de la cultura. Un grupo de ellas, en San Pablo, jurisdicción del municipio de San Ramón, fabrica utensilios de barro como tinajas, maceteras, ollas, comales, entre otros. Mientras tanto, en Las Cureñas, Jinotega, otro grupo de mujeres trabaja la famosa cerámica negra.

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La Fundación Científico Cultural Ulúa Matagalpa continúa realizando investigacionescon distintos pueblos indígenas. El presidente de ese organismo, el arqueólogo matagalpino Uwe Paul Cruz Olivas enfatiza: “Tenemos que seguir trabajando con el patrimonio cultural y los pueblos originarios”.

Es un compromiso que cada uno de los entrevistados asume con la práctica cada día. Maritza, produciendo café en la comunidad La Laguna, opina que un trabajo pendiente es lo que llama “la descolonización del pensamiento”. Ella y su esposo Omar García González transmiten con el ejemplo a sus hijos la cultura matagalpa. Él enseña el arte de la siembra, el amor a la naturaleza, y sus vástagos participan en ceremonias como las de la luna.

“Mi esposo se va con los tambores al pozo para cantarle al agua, entonces les dice a los niños: ‘recojan flores’, y ahí van los niños recogiendo flores por el monte, y cuando llegan allá, le ponen las flores al agua y le empiezan a cantar, para agradecer al espíritu del agua su existencia en nuestra vida, en nuestra cocina (…), pero es un trabajo que lo hacemos como familia”, cuenta Maritza.

Ella está segura de que, en La Laguna, cada vez que nazca un bebé, será presentado a la luna.

Silvina Ramírez, una abogada argentina que es miembro de la Asociación de Abogados de Derecho Indígena, observa que los indígenas “siguen luchando por sus derechos. Su sobrevivencia como pueblos sigue generando dilemas a Estados que han optado por reconocer normativamente sus derechos vulnerándolos en la práctica. De lo que se trata, entonces, no es de generar condiciones para que los individuos (entre ellos indígenas) puedan gozar de determinados derechos. El punto focal es que los indígenas puedan mantener su identidad, y en ese sentido el respeto a su dimensión colectiva se torna imprescindible. Los Pueblos indígenas han resistido —y siguen resistiendo— por más de cinco siglos en las condiciones más adversas. Han conservado su identidad a pesar de que sus derechos, cuando alcanzaron su positivización, siguen siendo vulnerados”.

Organización indígena y su presencia en Centroamérica

Los pueblos indígenas del Pacífico y Centro-Norte de Nicaragua tienen liderazgos propios: las llamadas “autoridades tradicionales”. Desde 1904, el régimen de José Santos Zelaya dispuso que las comunidades indígenas debían tener una junta directiva, formada por un presidente, vicepresidente, secretario, fiscal y dos vocales. Estos son los llamados “autoridades formales”.

Durante más de un siglo, así se han organizado.

El antropólogo matagalpino Mario Rizo Zeledón, maestro en antropología y etnohistoriador, además de abogado, menciona en distintas publicaciones que, en el Pueblo Indígena de Matagalpa, las autoridades tradicionales, toman el nombre de Reforma. Esta tiene un Cacique mayor, que coordina la llamada Junta de Reforma, conocida como Consejo de Ancianos.

Uwe Paul Cruz Olivas, arqueólogo matagalpino, menciona en su tesis de licenciatura que en un segundo nivel están cuatro Alcaldes de Vara, distribuidos por el territorio y que simbolizan las cuatro parcialidades antiguas del Pueblo Indígena Matagalpa:  Pueblo Grande (Matagalpa), Molagüina, Solingalpa y Laborío. Cada alcalde tiene bajo su mando a cinco Regidores.

Los chorotegas son también importantes para entender a los matagalpa. También llamados mangues, los chorotegas habitaron en Costa Rica, Nicaragua, el Salvador y Honduras. Miguel Ángel Gómez, presidente de la directiva del Pueblo Indígena de Jinotega, y Víctor Manuel Chavarría Dávila, expresidente de la directiva del Pueblo Indígena de Sébaco, coinciden en que sus respectivos pueblos tienen esa ascendencia.

No todos piensan lo mismo. El arqueólogo Uwe Paul Cruz Olivas, en “Reflexiones sobre los pueblos originarios del Pacífico, Centro y Norte de Nicaragua”, publicado en la revista nicaragüense de antropología Raíces, en 2018, apunta que hubo una “choroteguización”.

“Algunas organizaciones no gubernamentales y el Estado mismo han tergiversado el origen étnico de algunos pueblos del centro-norte, adjudicándoles un supuesto origen ‘chorotega’ utilizando la misma tesis de 1967 de (Julián) Guerrero y (Lola) Soriano, quienes choroteguizaron y nahualizaron todo el centro norte del territorio nacional”, escribe.

Cruz Olivas, junto a otros arqueólogos, antropólogos, etnólogos, lingüistas, historiadores y especialistas de otras disciplinas científicas, tanto nacionales como extranjeros, defienden la propuesta denominada Área Cultural Ulúa Matagalpa, la cual se extiende por nueve departamentos de Nicaragua, la zona sur de Honduras y el oriente de El Salvador.

Esa área comprende en Nicaragua a los departamentos de Matagalpa, Jinotega, Chontales, Boaco, Estelí, Madriz, Nueva Segovia, la parte oriental de León y el norte de Chinandega. Los expertos coinciden en que es muy frecuente encontrar en las toponimias (conjunto de nombres propios de una región) del centro norte nicaragüense y las regiones limítrofes con Honduras y El Salvador, las terminaciones en “was”, “li” y “aya”. Cruz Olivas preside la Fundación Científico Cultural Ulúa Matagalpa, de la que Navarro Genie, Kühl Aráuz y Rizo Zeledón son fundadores