En marzo de 1987 llegué por primera vez a Bosawás como fotógrafo de lo que en ese entonces era el Ejército Popular Sandinista (EPS), acompañado de dos ‘chavalas penconas’: una Nikon FM2 analógica hecha para la guerra, que aguantaba golpes, agua y selva mientras disparaba; y una Canon-F1, mi arma pesada con motor de 16 baterías AA, que con dos ráfagas se tiraba un rollo de 36 exposiciones, como si nada.

Allí inicié, sin pensarlo, mi trabajo como testigo y documentalista de lo que para mí es el mundo de Bosawás, ese que se deriva entre los pueblos indígenas que viven de su agua, luz, oxígeno, fauna y flora, y el mundo colono que la invade para destruirla, ese que salió a luz pública durante la guerra de la década de 1980 y que llegó para invadirla.

Una colonización mestiza postmoderna proveniente del Pacífico nicaragüense que se quedó en la tierra ancestral de los mayangnas y miskitos para deforestar el bosque virgen y robar su madera preciosa, producir tierras agrícolas, convertir la selva en potreros para ganado y plantíos para el narcotráfico.

En 1987 lo único que yo sabía –de la que en ese entonces no era una reserva protegida– es que “no estaba en el mapa”, porque “allí se regresaba el viento y había perdido la leva satanás”, como decían los soldados del EPS que la habían sobrevivido. No había casas, tampoco gente. No había nada, solo la certeza de que allí, el que entraba iba a “morder el leño”. Desconocía que estaba en la segunda reserva forestal más grande en América, después del Bosque Amazónico.

Bosawás cubre unos 20,000 kilómetros cuadrados. Casi la extensión territorial de El Salvador (21,040 kilómetros cuadrados) o de Eslovenia (20,273 kilómetros cuadrados) y casi el doble que la extensión de Qatar (11,490 kilómetros cuadrados). Mónaco cabría 10 veces en Bosawás.

En esa espesa y oscura selva fronteriza sólo convergían lugares con nombres miskitos como Wina, San Matí, Amak. Todo ese inmenso bosque, 10 años después, en 1997, fue nombrado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como la Reserva de la Biosfera de Bosawás de Nicaragua.

El nombre Bosawás es la unión de las primeras sílabas de los nombres del Río Bocay, el Cerro Saslaya y el río Waspuk. Es la mayor reserva forestal de Centroamérica y es parte del corazón del Corredor Biológico Mesoamericano.

Para mí, un chavalo con dos cámaras, Bosawás solo era un misterioso lugar, lleno de vida silvestre, donde apenas se miraba como se filtraban los rayitos de sol a través de unos árboles gigantescos y una selva virgen. Era el lugar favorito de “la Contra”, el movimiento que combatió al primer régimen de Daniel Ortega: su patio de ir y venir, ellos la conocían como la palma de sus manos.

Bosawás es un punto donde converge la fauna de Norte y Suramérica. Refiere la revista ambiental Mongabay que eran 2.2 millones de hectáreas que concentraban 21 ecosistemas y seis tipos de bosque. Una reserva de 370 especies de plantas, 215 tipos de aves, 85 especies de mamíferos, 15 razas de serpientes, 11 especies de peces y 200,000 especies de insectos. Muchos de ellos hoy están en peligro de extinción, como el tapir centroamericano (Tapirus bairdii).

Desde entonces y desde mi lente he visto cómo Bosawás desparece ante mis ojos. Mis fotos me impiden mentir. La invasión inició en 1987 cuando el EPS a punta de motosierras comenzó a construir helipuertos para combatir a la Contra.

Las motosierras eran llevadas como arsenal militar en helicópteros rusos MI-17. Iban enrolladas en colchones y las lanzaban desde el aire para que los soldados –que no estaban allí para combatir, sino para construir helipuertos y cargar pertrechos militares dentro de la selva– iniciaran su labor.

Una labor bien realizada, pues en 1988 el primer helipuerto ya estaba construido. Los Egipcios, como llamábamos a esa unidad militar, estaban a cargo de las construcciones improvisadas dentro de la reserva, y ellos cargaban las motosierras dentro de la selva para seguir tumbando el bosque tierra adentro.

Soy Óscar Navarrete, fotorreportero, y esta es la bitácora del crimen ambiental que vive Bosawás desde mi lente:

Amak, San Andrés de Bocay, Nicaragua. 01-03-88. Un helicóptero de origen ruso MI-17 desembarcando tropas del Ejército Popular Sandinista en un helipuerto construido en plena selva, mientras otro desciende lentamente durante el inicio del Operativo Militar Danto-88. © Óscar Navarrete| Galería News.

Durante 15 años, de aquel bosque frondoso sólo me llegaban las noticias del hambre y la pobreza. Eran los pueblos indígenas mayangna y miskito que por 15 años más eran olvidados.

Ya no era la guerra. Mis recuerdos, mis fotos de pelotones militares surcando la espesa selva habían pasado. Ahora era el hambre la que me llamaba. Ya no iba a Bosawás en un helicóptero. Aquel inmenso bosque se había vuelto cercano. Una camioneta nos trasladaba por carreteras y trochas a Wiwilí, para luego tomar una lancha que surcando el Río Coco nos llevaba hasta Raití. Ahora todo el Pacífico sabía dónde estaba Bosawás.

Las riberas del río no me parecían oscuras como una década atrás. Estaban repobladas por sus dueños y señores ancestrales mayangnas y miskitos. En la selva y el río, los cayucos cargados parecían el testimonio de que la selva les daba vida, pero no era suficiente, porque enfrentaban otro olvido: el de la indiferencia estatal. Mi cámara ahora era una Nikon D-300 y con ella descubrí otros rostros y paisajes.

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No sería el último cambio. En 2006 y ahora con una Nikon D-305 me dirigí nuevamente a Bosawás. Las noticias del hambre y la pobreza en Bosawás eran desplazadas por la “invasión colona”, como fue tipificada por los mismos pueblos mayangnas y miskitos. Mestizos del Pacífico llegaban con motosierras en mano para construir potreros y criar ganado, además de saquear la madera del bosque, imágenes que se convertían a pesar del lamento indígena en parte de la vida de Bosawás.

Bosawás: Mulukukú. Abril de 2006. Un campesino despala el bosque y realiza quemas para siembra en las montañas de Mulukukú que pertenece a la zona de amortiguamiento de Bosawás| ©Óscar Navarrete| Galería News.
: Mulukukú. Abril de 2006. Un campesino despala el bosque y realiza quemas para siembra en las montañas de Mulukukú que pertenece a la zona de amortiguamiento de Bosawás| ©Óscar Navarrete| Galería News.

Para 2010, la guerra de la década de 1980, el hambre, la pobreza, no eran parte del pasado ni del presente de Bosawás. Eran un cúmulo de factores que ya habían originado un problema ambiental que preocupaba a conservacionistas: el impacto de la deforestación producto de la invasión de colonos que habían denunciado cuatro años atrás ya afectaba el núcleo y las zonas de amortiguamiento de la reserva.

Una sistematización publicada en 2012 por Marena señala que, entre 2005 y 2010, la frontera agrícola en Bosawás avanzó aproximadamente 40 kilómetros hacia la zona núcleo.

Según la Agencia Alemana para el Desarrollo Sostenible (GIZ), entre 1987 y 2010, la Reserva de la Biosfera Bosawás había perdido alrededor de 564,000 hectáreas de bosque primario y secundario. Según el estudio de la misma agencia, la pérdida promedio era de 42,676 hectáreas por año.

La presencia colona era un daño evidente, parecía incontrolable. Aunque crecía paulatinamente, era constante y consistente en la cantidad de mestizos que invadían diariamente la reserva.

“Entrar, saquear la reserva y salir”, ya no era la norma. Llegaban para quedarse y las motosierras que los acompañaban ahora eran protegidas con fusiles y pistolas para tratar de silenciar la denuncia indígena que alertaba el saqueo de la que un día fue reconocida por el Estado de Nicaragua como reserva natural y área protegida.

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Pista aérea para narco actividad en la comunidad de Wiwinak en la Región Autónoma del Caribe Norte en la zona de amortiguamiento de Bosawás
Bosawas: 28 de julio de 2010. Un vertedero en medio de la neblina y verde paisaje en las afueras de El Cuá, Bocay en el departamento de Jinotega en la zona de amortiguamiento de Bosawás| © Óscar Navarrete| Galería News
Bosawas23: 29 de julio de 2010. Follaje de bosque primario en el macizo de Peñas Blancas, municipio de Rancho Grande en la zona de amortiguamiento de Bosawás. Foto por Óscar Navarrete
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Plantaciones de plátano y café en las laderas del macizo
Una manada de carroñeros escudriña entre la mortaja de ganado destazado dentro de la reserva.
Cascada La Bujona, Cerro Datanlí.
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Regresé cuatro años más tarde con sombrero y una Nikon al hombro. Mujeres indígenas caminaban sobre la destrucción: tierras arrasadas por el fuego esperando ser sembradas, crímenes y asesinatos en contra de líderes miskitos y mayangnas que defendían la tierra eran las noticias que llegaban al Pacífico.

A todo el mal establecido por la invasión mestiza se sumaba ahora el narcotráfico. Las motosierras que llegaron en la década de 1980 tumbaron la selva para abrir paso a los fusiles que 27 años después impusieron la colonización a través de la sangre y la silente indiferencia cómplice de un Estado que pareciera tener intereses en la destrucción de Bosawás.

Cerros despalados para cultivos en la microrregión de Ayapal que es la puerta de entrada a la zona núcleo de Bosawás
Mujeres indígenas caminan sobre la destrucción
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Camiones entran y salen de la zona núcleo y al verlos recuerdo aquellos helicópteros que en 1987 defecaban motosierras desde el cielo y hombres a la distancia prudente entre tierra y aire porque Bosawás parecía impenetrable.

En el documento causas de la deforestación y degradación forestal en Nicaragua, el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (Marena), citando “un estudio del Ejército”, admite que el 60 por ciento de los colonos dentro de la Reserva de Bosawás, la zona de mayor deforestación del país, no tenía ningún documento que les asigne la propiedad legal de las tierras que ocupaban.

En mis manos he sostenido las cámaras que enmarcaron en el tiempo las imágenes que como testigos denuncian este crimen ambiental que hoy desplaza a decenas de miskitos y mayangnas de sus tierras hacía Costa Rica y Estados unidos. Mis recuerdos se funden con ellas y por momentos me hieren, al ver como todo ha ido desapareciendo.

.Desechos de basura plástica y de poroplast flotan y contaminan el río Bocay en la comunidad de Bocas de Atapal en la zona núcleo de Bosawás. Foto por Óscar Navarrete
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25 de febrero de 2014. Una población de colonos llega al caserío principal de Ayapal considerado como un puerto de montaña en esta zona núcleo de Bosawás. Foto por Óscar Navarrete
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Desde el exilio me pregunto qué Bosawás encontraré al regresar a Nicaragua, estoy preocupado y espero tener una cita más con esa reserva. Espero que al regresar con mi cámara no encuentre una selva muerta.






Óscar Navarrete reportero gráfico, con más de 30 años de profesión ubica su nombre como uno de los maestros de la fotografía nicaragüense. Mezcla el oficio con el arte, apasionado por el blanco y negro, busca reivindicarlo en sus fotografías pues para él, ha sido olvidado por la era de la digitalización y la evolución de la fotografía a color. Ha fotografiado las manifestaciones estudiantiles por el 6%,la revolución del 79, la guerra de los ochenta, la vida cotidiana de Nicaragua y como los acontecimientos afectan los cuerpos y su humanidad le apasionan. En los últimos años Navarrete, ha graficado con maestría y a través de su lente, las consecuencias de la represión en la sensibilidad de los y las nicaragüenses, las familias destruidas han sido una obsesión, el dolor y la rabia de la pérdida de un ser amado da testimonio de lo que un sistema dictatorial hace a una sociedad y sus familias.