León. 18 de abril de 2018. Una señora jubilada de vestido verde baja con dificultad las gradas de la casa donde había estado refugiada. Camina junto a otras personas jubiladas. Un grupo de  la Juventud Sandinista (JS) las persigue. Tiene unos 80 años, como mi mamá, le ayudo y nos agarramos del brazo. “¿Usted anda en la marcha?”, pregunto. Me dice que sí.

Por: Sylvia Ruth Torres

A esa hora voy de súper reportera, transmitiendo todo vía Facebook, pero se me olvida el profesionalismo cuando una patrulla de la Policía se nos viene encima con luces y sirenas. Estallo en improperios y la señora me acompaña. “¡Ni que fuéramos gringos invadiendo, tales por cuales!”, gritamos. Entonces nos hacemos un “selfie” en vivo. “Aquí andamos las viejitas, y nos quieren cachimbear”, nos reímos.

Jubilada y operada yo, veinte años mayor ella, nos metemos en otra casa, perseguidas por esos muchachos que parecen una jauría. Pasan y seguimos caminando para alcanzar la marcha, siembre agarraditas. Durante la lucha contra Somoza la gente de León aprendió a dejar las puertas sin cerrojo, uno las empuja y a esconderse. Hay otra puerta entreabierta y la señora se detiene. “Tenemos que cuidarnos”, me dice. “Gracias por el raid, aquí es mi casa, nos vemos en la próxima marcha”.

“Mamitaaa, me quedé sola”, pienso. Pero sigo hasta que me topo con otras marchistas, que están retenidas porque esa turba asesina que se traslada en un bus de la UNAN–León nos anda correteando como si se tratara de aquel juego infantil venadito entre tu huerta. Me uno a un grupo aislado entre la turba y la Policía. Se me acerca una “sandía”, hija de una señora a quien quería mucho. Llorando me dice que no anda con ellos, y lloramos las dos. Yo porque no le creo.

Estamos en la esquina de Sinsa, con dos mujeres bien bravas que se han “agarrado” con los orteguistas para quitarles a una cipota y a un señor (el que aparece en el suelo en mi video). Una de ellas, cuarentona, le grita a una mujer que anda con los agresores: “Venite aquí, pero vos sola”. “Noooo, ahí déjela”, le ruego. “Si allá le di”, protesta ella, mostrando el puño. “Pero se me vino la marabunta”.

Otra señora joven, de pelo blanco y brava, también reta a los agresores. En cambio yo conservo la calma, porque mi plan consiste en que si se nos tiran encima nos metemos a la ferretería, pero cuando volteo a ver descubro que nos cerraron la puerta. Somos unos diez y por un momento parece que todo ha acabado.

Protestas en la ciudad de León contra las reformas a la seguridad social en 2018. Foto: La Prensa

Decidimos retirarnos de tres en tres. Me voy con las bravas y valientes y nos empieza a seguir una mujer que parece drogada. Yo que nunca recibí diploma de valiente le sugiero al resto del trío que nos metamos en una casa; pero la que me lleva de la mano me dice que no, que no hay que dejarle creer que tenemos miedo. “A pues no, no tenemos”, me digo.

Dejamos a una del grupo, y sigo caminando con la otra brava, a quien había conocido en protestas feministas años atrás. Nos vamos agarradas del brazo y nos contamos nuestros males.

—Ay, yo padezco esto, me dolía todo.

—Ay, yo también, pero ahorita no me duele nada.

—Es la adrenalina —dice la brava —. Cuando llegues a tu casa te va a doler.

Protestas en la ciudad de León contra las reformas a la seguridad social en 2018. Foto: La Prensa

Y nos vamos por el camino. En León todo mundo se conoce y nos paramos a cada rato, chequeando mensajes para saber si todo mundo está bien. Karen está hospitalizada.

Platicamos con las personas que tienen puertas entreabiertas. Dicen que tienen miedo, pero que en la otra marcha sí van. Nos preguntan cuándo. No sabemos. Empezamos a darnos consejos: no avisar por Facebook, ni a los “tapudos”; borrar mensajes del chat por si nos roban el teléfono; hacer plantones sorpresa, volverlos locos. Si hay que temer a un millón de cachorros sueltos, ya no digamos a un millón de viejas sueltas.

Esa marcha fue volver a los 17 años, a ese calor de sentirse una con los demás. Ese sentimiento de que no nos doblegaron, porque ver a la gente volteársele al poder no tiene precio.

A todo mundo le platicamos detalles de cómo don Hipólito Pravia era el señor más bravo de la marcha. A los 84 años el INSS le robó semanas cotizadas, ahora le da una miseria y le quiere robar  250 córdobas. Trabaja y cotiza desde los años sesenta y fue un combatiente respetado en la insurrección del 79. Con el dinero que le quitan podría pagar el agua de un mes y comprar comida para sus únicos compañeros. Sus perritos.

Don Hipólito se les acercaba a los agresores y les decía de todo. Lo apartamos cuando lo empujaron porque les dijo “hijueputas”. “No se salen”, le advertimos a la turba.  “Si le pegan a un viejo les cae sal”.

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